domingo, 6 de julio de 2014

La trampa de la protección x Emma Goldman

El matrimonio y el amor no tienen nada en común; están tan lejos entre sí como los dos polos y son, incluso, antagónicos. El matrimonio es ante todo un acuerdo económico, un seguro que sólo se diferencia de los seguros de vida corrientes en que es más vinculante y más riguroso. Los beneficios que se obtienen de él son insignificantes en comparación con lo que hay que pagar por ellos. Cuando se suscribe una póliza de seguros, se paga en dinero y se tiene siempre la libertad de interrumpir los pagos. En cambio, si la prima de una mujer es un marido, tiene que pagar por él con su nombre, su vida privada, el respeto hacia sí misma y su propia vida “hasta que la muerte los sepa­re”. Además, el seguro de matrimonio la condena a depender del marido de por vida, al parasitismo, a la completa inutilidad, tanto desde el punto de vista individual como social. También el hombre paga su tributo, pero como su esfera de vida es mucho más amplia, el matrimonio no lo limita tanto como a la mujer. Las cadenas del marido son más bien económicas.

Vivimos en una época de pragmatismos. Ya no estamos en los tiempos en que Romeo y Julieta se arriesgaban a desafiar la ira de sus padres por amor, o en que Margarita se exponía a las habladurías de sus vecinos también por amor. La norma moral que se inculca a la joven no es preguntarse si el hombre ha despertado su amor, sino “cuánto gana”. El único dios y la única cosa importante de la vida pragmática norteamerica­na es: ¿Puede el hombre ganarse la vida? Eso es lo único que justifica el matrimonio. Poco a poco se van saturando con ello los pensamientos de la muchacha, que ya no sueña con besos y claros de luna, o con risas y lágrimas, sino con ir de compras y conseguir rebajas en las tiendas. Esa pobreza de alma y esa sordidez son los elementos inherentes a la institu­ción del matrimonio.

Esta institución convierte a la mujer en un parásito y la obliga a depender completamente de otra persona. La incapa­cita para la lucha por la vida, aniquila su conciencia social, paraliza su imaginación y le impone después graciosamente su protección, que es en realidad una trampa, una parodia del carácter humano. Si la maternidad es la mayor realización de la mujer, ¿qué otra protección necesita sino el amor y la liber­tad? El matrimonio profana, ultraja y corrompe esa realiza­ción. ¿Acaso no le dice a la mujer que solamente bajo su pro­tección podrá dar la vida? ¿No la pone en la picota y la degra­da y la avergüenza si se niega a comprar su derecho a la mater­nidad con su propia persona? ¿Acaso el matrimonio no sancio­na la maternidad, aunque se haya concebido con odio o por obligación? Y cuando la maternidad ha sido elegida, producto del amor, del éxtasis, de la pasión desafiante, ¿no se coloca una corona de espinas en una cabeza inocente, grabando en letras de sangre el odioso epíteto de “bastardo”?

Aun en el caso de que el matrimonio contuviera todas las virtudes que de él se afirman, sus crímenes contra la materni­dad lo excluirían para siempre del reino del amor. El amor, el elemento más fuerte y profundo de toda vida, presagio de es­peranzas, de alegría, de éxtasis; el amor que desafía a todas las leyes, a todas las convenciones; el amor, el más libre, el más poderoso modelador del destino humano, ¿cómo puede esa fuerza todopoderosa ser sinónimo del pobre engendro del Es­tado y de la Iglesia que es el matrimonio?

¿Amor libre? ¿Acaso el amor puede ser otra cosa más que libre? El hombre ha comprado cerebros, pero todos los millo­nes del mundo no han logrado comprar el amor. El hombre ha sometido los cuerpos, pero todo el poder de la tierra no ha sido capaz de someter al amor. El hombre ha conquistado naciones enteras, pero todos sus ejércitos no podrían conquistar al amor. El hombre ha encadenado y aprisionado el espíritu, pero no ha podido nada contra el amor. Encaramado en un trono, con todo el esplendor y pompa que pueda procurarle su oro, el hombre se siente pobre y desolado si el amor no se detiene a su puerta. Cuando existe amor, la cabaña más pobre se llena de calor, de vida y de alegría; el amor tiene el poder mágico de convertir a un pordiosero en un rey. Sí, el amor es libre y no puede medrar en ningún otro ambiente. En libertad, se entrega sin reservas, con abundancia, completamente. Todas las leyes y decretos, todos los tribunales del mundo no podrán arran­carlo del suelo en el que haya echado raíces. El amor no nece­sita protección porque él se protege a sí mismo.

Mientras es el amor el que engendra a los hijos, no hay niños abandonados, hambrientos o carentes de afecto. Conoz­co a mujeres que fueron madres en libertad con el hombre al que amaban. Pocos hijos han disfrutado dentro del matrimo­nio del cuidado, protección y devoción que la maternidad libre es capaz de depararles. Los defensores de la autoridad temen la maternidad libre por miedo a que se les desposea de su presa. ¿Quién lucharía entonces en las guerras? ¿Quién haría de car­celero o policía si las mujeres se negaran a dar a luz indiscriminadamente? “¡La raza, la raza!”, gritan el rey, el pre­sidente, el capitalista, el sacerdote. Hay que salvar a la raza, aunque la mujer sea degradada al papel de pura máquina, y la institución del matrimonio es la única válvula de seguridad contra el peligroso despertar sexual de la mujer.

Pero son inútiles estos esfuerzos desesperados por mante­ner un estado de esclavitud. Son inútiles también los edictos de la Iglesia, los fieros ataques de los dictadores, e incluso el bra­zo de la ley. La mujer no quiere seguir siendo la productora de una raza de seres humanos enfermos, débiles, decrépitos y mi­serables, que no tienen ni la fuerza ni el valor moral de sacudirse el yugo de su pobreza y de su esclavitud. En lugar de ello, desea menos hijos y mejores, engendrados y criados con amor y por libre elección, y no por obligación como en el matrimonio.

Nuestros pseudomoralistas tienen que aprender el profun­do sentido de responsabilidad para con el niño que el amor en libertad despierta en el pecho de la mujer. Ésta preferiría re­nunciar para siempre a la maternidad antes que dar la vida en una atmósfera donde sólo se respira la destrucción y la muerte. Y, si se convierte en madre, es para dar al niño lo mejor y lo más profundo de su ser. Su lema es desarrollarse con el niño, y sabe que sólo de esa manera podrán formarse los verdaderos hombres y las verdaderas mujeres.

En realidad, en nuestro actual estado de pigmeos, el amor es algo desconocido para la mayoría de la gente. No se le comprende, se lo esquiva y muy raras veces arraiga; y cuando lo hace, pronto se marchita y muere. Su fibra delicada no puede soportar la tensión y los esfuerzos del vivir cotidiano. Su alma es demasiado compleja para ajustarse a la viscosa textura de nuestra trama social. Llora, se lamenta y sufre con los que lo necesitan y, sin embargo, carecen de capacidad para elevarse a su altura.

Algún día, los hombres y las mujeres se elevarán y alcanza­rán la cumbre de las montañas; se encontrarán grandes, fuer­tes y libres, dispuestos a recibir, a compartir y a calentarse en los dorados rayos del amor. ¿Qué imaginación, qué fantasía, qué genio poético puede prever, aunque sea aproximadamen­te, las posibilidades de esa fuerza en las vidas de los hombres y las mujeres? Si en el mundo tiene que existir alguna vez la ver­dadera compañía y la unidad, el padre será el amor y no el matrimonio.

El amor entre anarco-individualistas x Emile Armand

Antes de exponer el punto de vista individualista-anarquista frente a la cuestión “sexual”, es necesario ponerse de acuerdo sobre la expresión libertad. Se sabe que la libertad no podría ser un fin, ya que no hay libertad absoluta; como tampoco hay ver­dad general, prácticamente hablando; no existen sino libertades particulares, individuales. No es posible escapar a ciertas con­tingencias. No se puede ser libre, por ejemplo, de no respirar, de no asimilarse y desasimilarse... La Libertad, como la Verdad, la Pureza, la Bondad, la Igualdad, etc., no es más que una abstrac­ción. Luego, una abstracción no puede ser un objetivo.

Considerada, al contrario, desde un punto de vista particu­lar, dejando de ser una abstracción, tornándose una vía, un medio, la libertad se comprende.

En este sentido, se reclama la libertad de pensar, es decir, de poder, sin ningún obstáculo exterior, expresar de palabra o por escrito los pensamientos de la forma que se presenten ante el espíritu.

Vida intelectual, vida artística, vida económica, vida sexual: los individualistas reclaman para ellas la libertad de manifes­tarse plenamente, según los individuos, a tenor de la libertad de los individuos, fuera de las concepciones legalistas y de los prejuicios de orden religioso o civil. Reclaman para ellas, con­sideradas cual inmensos ríos, por donde se vierte la actividad humana, que puedan resbalar sin ningún obstáculo; sin que las esclusas del “moralismo” y del tradicionalismo atormenten o enloden su caudal. Mejor que éstos son las libertades con sus errores impetuosos, con sus nerviosos sobresaltos, con sus impulsivos malos efectos de retroceso. Entre la vida al aire li­bre y la vida de bodega, elegimos la vida al aire libre.

Los individualistas han rendido un merecido servicio a los que quieren conquistar la libre discusión de las cuestiones sexua­les, extendiendo las nociones de libertad sexual y de amor libre, sin que por ello creyeran haber descubierto el amor libre: desde tiempos inmemoriales, el coito ha sido practicado extramoralmente y extralegalmente; hubo esposas que tuvie­ron amantes y maridos que tuvieron queridas.

Los individualistas no quieren codificar el amor en un sen­tido o en otro. Tratan la cuestión sexual como un capítulo de historia natural. Después de haber demostrado que el amor era tan analizable como cualquier otra facultad humana, reivindi­can para cada uno la absoluta facultad de adherirse a la ten­dencia amorosa que pueda responder mejor a su temperamen­to, favorecer su desarrollo y corresponder a sus aspiraciones.

Así, pues, los constituyentes de una pareja dada pueden permanecer unidos toda su vida a la costumbre monógama, como una puede practicar la unicidad y la otra la pluralidad. Puede suceder que, después de cierto tiempo, la unidad en amor aparezca preferible a la pluralidad, y viceversa. La existencia de experiencias amorosas simultáneas puede comprenderse tan­to mejor cuanto que de experiencia a experiencia los grados de sensación morales, afectivas o voluptuosas, varían a veces has­ta el punto en que puede deducirse que ninguna se parece a las que la precedieron o se siguen paralelamente. Son solamente cuestiones individuales, y nada más. Tal es el punto de vista individualista.

El amor libre comprende -y la libertad sexual implica- una serie de variedades adaptables a los diversos temperamentos amorosos o afectivos: constantes, volátiles, tiernos, apasiona­dos, voluptuosos, etc. Y reviste una multitud de formas, va­riando desde la monogamia simple a la pluralidad simultánea: parejas pasajeras o duraderas; hogares de más de dos, poligínicos-poliándricos; uniones únicas o plurales, ignorando la cohabitación; afecciones centrales basadas sobre afinidades de orden más bien sentimental o intelectual, en torno de las cuales gravitan amistades, relaciones de un carácter más sen­sual, más voluptuoso, más caprichoso; no miran los grados de parentesco y admiten muy bien que un lazo sexual pueda unir también parientes muy cercanos; lo que importa es que cada cual encuentre en ello su parte; y, como la voluptuosidad y la ternura son aspectos de la alegría del vivir, que todos vivan con plenitud su vida sexual o sentimental, haciendo dichoso a otro en torno suyo. El individualista no desea otra cosa.

Hay gente que no acierta a comprender cómo un hombre llegado a edad madura pueda enamorarse de una joven. O, recíprocamente, que una joven pueda enamorarse de un hom­bre llegado al otoño de su vida. Es un prejuicio. Hay años en los que el otoño es tan bello que hace reflorecer los árboles. Así es también con ciertos seres humanos, que poseen un tempera­mento amoroso hasta la penúltima aurora de su existencia, la cual no cede a su primera juventud ni la espontaneidad ni la frescura. Un ser llegado a su otoño puede poseer dones natura­les que engendren la seducción; por ejemplo, ser atrayente de­bido a un pasado aventurero y fuera de lo ordinario.

Los que han experimentado y sentido mucho en el dominio de la sensualidad sexual están, indudablemente, más califica­dos para iniciar a los jóvenes porque, generalmente, proceden con una delicadeza y una suavidad que ignora la fogosidad de la adolescencia.

Por otra parte, las necesidades sexuales son más imperiosas en ciertos períodos de la vida individual que en otros: existen estadios de la existencia personal durante los cuales la ternura y el arraigo son de un más alto valor que el de la pura satisfac­ción sensual. La observación de todos estos matices es la que constituye el amor libre aplicado, la práctica de la libertad sexual. Como todas las fases de la vida individualista, el amor libre, la libertad sexual, son una experiencia de la que cada uno extrae las conclusiones que mejor convienen a su propia emancipación.

No he llegado a las ideas que expongo sin haber reflexiona­do larga y profundamente. Ni la pareja ni la familia me pare­cen aptos, bien convencido estoy, para desarrollar la concep­ción anarquista de la vida. La familia es un Estado en pequeño hasta cuando los padres son anarquistas; con mucha más ra­zón cuando no lo es más que uno de ellos, y cuando los chicos se ven sometidos a un contrato muy parecido al social, un con-trato impuesto. No niego que la cuestión es ardua y delicada en exceso; pero admitidas las mejores condiciones, la convi­vencia constante en un mismo medio familiar crea en la criatu­ra una disposición de hábito, una adquisición de costumbres, la práctica de una cierta rutina ética cuyos residuos conserva por mucho tiempo y que salen al paso de su formación autóno­ma. Bien raro es el medio familiar en que al niño no se lo haga doblegarse a la mentalidad media, o hacer como que se doblega, que es aún peor.

Lo mismo ocurre con la pareja que ignora “los amores late­rales”, cuyos constituyentes terminan por compenetrarse en la manera de ver las cosas, de sentir, hasta en las manías de uno y otro. Aquí su individualidad desaparece, su personalidad se anonada, se quedan sin iniciativa propia.

Yo no niego -nadie ha habido que lo niegue- que la monogamia no convenga a ciertos -pongamos muchos- tem­peramentos. Mas basándome en el estudio profundo que de estas cuestiones tengo hecho, me reservo proclamar que la monogamia o la monoandria empobrecen la personalidad sen­timental, estrechan el horizonte analítico y el campo de adqui­sición de la unidad humana.

Oigo decir que la monogamia es superior a otra forma cual­quiera de unión sexual. Diferente, sí; superior, no. La historia nos muestra que los pueblos no monógamos en nada ceden, en cuanto a literatura o ciencia se refiere, a los monógamos. Los griegos eran disolutos, incestuosos, homosexuales, enaltecían la cortesana. Veamos la obra artística y filosófica que realiza­ron. Comparemos la producción arquitectónica y científica de los árabes polígamos con la ignorancia y la tosquedad de los cristianos monógamos de la misma época.

Además, no es cierto como se presume que la monogamia o la monoandria sean naturales. Son artificiales, por el con­trario. En donde quiera que sea, si el arquismo no interviene (el arquismo, es decir, la ley y la policía) ni impone su severi­dad, hay impulso a la promiscuidad sexual. Representémonos las bacanales, saturnales, florales de la Antigüedad -fiestas carnavalescas medioevales, kermesses flamencas, clubs eróti­cos del siglo de los enciclopedistas-, verbenas contemporá­neas. Reacciones que pueden o no gustarme, pero reacciones al fin.

Los sentimientos se hallan sujetos a enfermedades, al igual que todas las facultades o funciones, lesionadas o desgastadas. La indigestión es una enfermedad de la función nutritiva, lle­vada al exceso. El cansancio es el “surmenage” producido por el ejercicio. La tisis pulmonar es la enfermedad del pulmón le­sionado. El sacrificio es la ampliación de la abnegación. El odio es, a menudo, una enfermedad del amor. Los celos, otra.

El nacionalismo, el chauvinismo o la patriotería, la belico­sidad, la explotación y la dominación se encuentran en ger­men en los celos, en el acopio, en el exclusivismo amoroso, en la fidelidad conyugal. La moralidad sexual aprovecha siem­pre a los partidos retrógrados, al conservadorismo social. Moralismo y autoritarismo están enlazados uno a otro como la hiedra al roble.

En una novela utópica de M. Georges Delbruck, En el país de la armonía, uno de los personajes, una mujer, define los celos en términos lapidarios: “Para el hombre, afirma ella, el don de la mujer implica la posesión de dicha mujer, el derecho de dominarla, de apalear su libertad, la monopolización de su amor, la interdicción de amar a otro; el amor sirve de pretexto al hombre para legitimar su necesidad de dominio; esta falta de concepción del amor está de tal forma anclada entre los civilizados que no dudan en pagar con su libertad la posibili­dad de destruir la libertad de la mujer que pretenden amar”. Este cuadro es exacto, pero se aplica tanto a la mujer como al hombre. Los celos de la mujer son tan monopolizadores como los del hombre.

El amor tal y como lo entienden los celosos es, por consi­guiente, una categoría del arquismo. Es una monopolización de los órganos sexuales, palpables, de la piel y del sentimiento de un humano en provecho de otro, exclusivamente. El estatis­mo es la monopolización de la vida y de la actividad de los habitantes de toda una comarca en provecho de los que la ad­ministran. El patriotismo es la monopolización en provecho de la existencia del Estado, de las fuerzas vivas humanas, de todo un conjunto territorial. El capitalismo es la monopolización a beneficio de un pequeño número de privilegiados, en cuya posesión se encuentran las máquinas y los géneros necesarios a la vida, de todas las energías y facultades productoras del resto de los hombres.

La monopolización estatista, religiosa, patriótica, capitalis­ta, etc., está en germen en los celos, pues es evidente que éstos han precedido las dominaciones política, religiosa, capitalista.

A los celosos convencidos que afirman que los celos son una función del amor, los individualistas recordarán que, en su sentido más elevado, el amor puede también consistir en que­rer, por encima de todo, la dicha de quien se ama, en querer hallar alegría en la realización al máximo de la personalidad del objeto amado. Este razonamiento, este pensamiento, en quienes lo alimentan, termina casi siempre por curar los “celos sentimentales”.

En amor, como en todo lo demás, sólo es la abundancia lo que aniquila los celos y la envidia. De la misma forma que la satisfacción intelectual se deriva de la abundancia cultural pues­ta a la disposición del individuo; del mismo modo que aplacar el hambre se deduce de la abundancia de alimento puesto a la disposición del individuo..., la eliminación de los celos depen­de de la “abundancia” sensual y sentimental que pueda reinar en el medio en donde el individuo se desenvuelve.

¿Y de qué forma se aderezará esta abundancia para que nadie sea dejado a un lado, puesto aparte, “sufra”, por así decirlo? He aquí la cuestión que ha de resolverse. En su Teoría Universal de la Asociación, Fourier lo tenía resuelto constitu­yendo el matrimonio de tal forma “que cada uno de los hom­bres pueda tener todas las mujeres y cada una de las mujeres todos los hombres”.

Ése es el remedio para los celos, el exclusivismo sentimental o la apropiación sexual, remedio que yo resumiré en esta fór­mula tomada a Platón: “Todos a todas, todas a todos”. ¿Podrá este remedio conciliarse con los principios del individualismo anarquista, convenir a individualistas?

Mi respuesta es que conviene ciertamente a los individualistas prestos, para tomar una expresión de Stirner, perder algo de su libertad para que se afirme su individualidad. ¿Qué persiguen asociándose, en el dominio sentimental sexual, un número dado de individualistas? ¿Será aumentar, mantener o reducir más y más el sufrimiento? Si lo que persiguen es este último fin, si es en la desaparición del sufrimiento donde se afirma su individuali­dad de asociados, en la esfera que nos ocupa, el amor perderá gradualmente su carácter pasional para llegar a ser una simple manifestación de compañerismo; el monopolio, la arbitrariedad, el reparo a darse desaparecerán cada día más, haciéndose cada vez más raros. Ésa es la camaradería amorosa.

¿Qué se entiende por camaradería amorosa? Una concep­ción de asociación voluntaria englobando las manifestaciones amorosas, los gestos pasionales o voluptuosos. Es una comprensión más completa del compañerismo que la sola camara­dería intelectual o económica. Nosotros no decimos que la camaradería amorosa es una forma más elevada, más noble, más pura; decimos simplemente que es una forma más com­pleta de compañerismo. Toda camaradería que comprende tres, dígase lo que se quiera, es más completa que la que sólo com­prende dos.

Practicar la camaradería amorosa quiere decir para mí ser un camarada más íntimo, más completo, más próximo. Y por el mero hecho de estar ligado por la práctica de la camaradería amorosa con el que es tu compañero, tu compañera, tú serás para mí -su compañera o su compañero- una o un camarada más cercano, más alter ego, más querido. Entiendo, además, que esto significa servirme de la atracción sexual como de una palanca de compañerismo más amplia, más acentuada. Tam­poco he dicho nunca que esta ética estuviese al alcance de to­das las mentalidades.

Se nos dice que es necesario indicar a qué puerto ha de ir a parar el individuo que se lanza al océano de la diversidad de las formas de vida sentimental o sexual; el medio anarquista individualista al que yo pertenezco sustenta otro punto de vis­ta. Pensamos nosotros que es a posteriori y no a priori, según la experiencia, la comparación, el examen personal, que el individualista debe decidirse por una forma de vida sexual antes que por otra. Nuestra iniciativa y criterio existen para que nos sirvamos de ellos sin dejarnos disminuir por la diversidad o pluralidad de las experiencias. La tentativa, el ensayo, la aventura no nos da miedo. Embarcarse lleva consigo riesgos que conviene calcular; hay que mirar bien de frente antes de tomar el barco. Una vez sobre el mar, ya veremos bien por dónde empuja el viento; lo esencial es que fijemos los ojos en la brújula a fin de quedar con la completa lucidez, aptos siem­pre a “faire le point”. Calcular dónde estamos. Consideramos la vida como una experiencia, y la experiencia por la expe­riencia queremos.

GLOSARIO NO MONOGÁMICO BÁSICO x Osvaldo Baigorria


Definiciones adaptadas de varios textos, entre los cuales se destaca la Enciclopedia Anarquista, Vol. 1, compilada por Sebastián Faure y editada por Tierra y Libertad, México, de donde fueron extractados los fragmentos de J. Marestan y E. Armand.

AMOR

“Apego sentimental a una persona o gusto pronunciado por una cosa. Tal es la definición de uso corriente que, sin preten­derla perfecta, parece ser la más apropiada para expresar di­versos sentimientos que, con frecuencia, tanto por su origen como por su naturaleza, no tienen casi ninguna relación entre sí. Nuestra definición no será completa si no distinguimos en­tre el amor que tiene por objeto las cosas y el amor que tiene por base a seres animados, principalmente a los seres huma­nos. Y, en este último caso, distinguir entre el amor que se sien­te por uno mismo y el que sentimos por el prójimo; entre el amor idealista, familiar o apasionado, y el amor sexual, por­que las características no son idénticas.

“El amor a sí mismo está representado por el instinto de conservación personal, con el deseo de adquirir la felicidad y de asegurar el bienestar. Lo que nombramos ‘amor propio’ es el amor a sí mismo concebido desde el punto de vista moral; es decir, el respeto a uno mismo. A medida que éste tiende a con­servar lo que hay de mejor en nosotros, aumenta la inquietud de nuestra dignidad con respecto a la apreciación que puedan tener acerca de nuestra conducta aquellos a quienes le hemos concedido estima y afecto. El amor propio y el amor a sí mis­mo no son defectos, sino grandes y fuertes cualidades que vuelven activo y de trato agradable al individuo, tanto en lo que atañe a su interés particular como, indirectamente, en lo que afecta a virtudes de utilidad social.

“Ni el amor propio, ni el amor a sí mismo deben confundir­se con el egoísmo que, desde el punto de vista de la utilidad social, no es una virtud, sino un vicio, si para la palabra egoís­mo queremos conservar la significación consagrada por el uso y no exenta de razón. En efecto, la palabra egoísmo no signifi­ca -con arreglo a su etimología- amor a sí mismo, sino sobre todo rebuscamiento de satisfacciones personales sin considera­ción a las consecuencias que esa satisfacción pueda tener para el prójimo. Definido así, el egoísmo aparece como un notable factor de tiranía y como uno de los más grandes obstáculos para la armonía social.

“El amor (y, podríamos decir, el gusto particular o la incli­nación) que tenemos por ciertas cosas, en oposición a la indife­rencia, parece provenir exclusivamente de la aversión que experimentamos hacia otras cosas, las costumbres y aptitudes trasmitidas por herencia y por sugestión de nuestra educación primera, modificadas por la propia experiencia y la influencia del medio. Este amor hacia las cosas, que parecen una prolon­gación de nuestro propio yo, o -fisiológica o intelectualmente- como un alimento en relación con nuestras necesidades, es caracterizado por el deseo de posesión, que no llega a ser un mal mientras no tome proporciones extremas, como el deseo irre­frenable de apropiación o de acaparamiento.

“Si examinamos y estudiamos el amor que experimenta­mos por los seres vivientes semejantes o cercanos a nosotros, a los cuales nos ligan simpatías, encontramos algo más que el deseo del goce por la posesión, sobre todo cuando no están en juego ni la pasión erótica ni el ardor sexual. ¿Es que no vemos con frecuencia a gentes bien modestas privarse de satisfacer necesidades perentorias para socorrer, sin ninguna certeza de reciprocidad, a gentes que viven en poblaciones lejanas a las cuales seguramente ni siquiera visitarán nunca? Es porque las costumbres milenarias de la ayuda mutua, más fuerte que las rivalidades de todo género, han establecido una solidaridad que a veces se manifiesta por actos espontáneos libres de cálcu­los, incluso entre seres que pertenecen a razas o especies dife­rentes. Y es porque las personas que amamos son como una especie de prolongamiento de nosotros mismos, y un poco in­cluso nosotros mismos. De ahí que participemos indirectamen­te, a veces de manera muy viva, en sus sufrimientos y alegrías. Y esto nos induce a considerar el amor en su forma más idea­lista: la que aspira a la felicidad propia por la conciencia de la felicidad ajena, aunque ésta se pague con el sacrificio de nues­tro propio placer o de nuestra seguridad. El instinto maternal, la amistad, el misticismo social ofrecen frecuentes ejemplos de lo que acabamos de decir.

“No podemos decir lo mismo del amor cuando es engendra­do por la atracción sexual. Esta forma del amor predispone, en efecto, a un verdadero frenesí de apropiación, a una marcadísima sed de éxtasis egoísta, a pesar de las apariencias. Cuando la vio­lencia exquisita y brutal de esos apetitos se modera, principal­mente en el hombre, es sólo porque intervienen sentimientos más durables y más dulces: el cariño compartido, la estima mutua, la comunidad de costumbres y aspiraciones. Así, según los tempe­ramentos, las circunstancias y el grado de educación, el amor sexual es susceptible de tomar las más variadas formas.

“En cualquiera de sus manifestaciones, ennoblecido por la inteligencia y el saber, o simple y llanamente en su expresión sexual, el amor debe ser libre. Se basta a sí mismo desde el instante en que sin dañar a nadie embellece nuestra existencia y contribuye a nuestra felicidad. El amor no tiene necesidad de la excusa de la procreación, que es solamente su consecuencia normal, ni de una sanción legal o religiosa, que no son más que reglamentos interesados o simples formalidades convenciona­les. El amor contiene su propia poesía y su plena justificación. El humo del incienso y la lectura monótona del código civil son incapaces de hacer nacer el amor en donde no existe, de conferirle moralidad donde no es más que asqueroso regateo. El despotismo del legislador es impotente para restablecer la unión de almas y el apetito de los sentidos en el seno del hogar donde no exista más que animosidad y odio.

“Admitir el principio de la libertad del amor es reivindicar intensamente para los demás, como para nosotros mismos, el derecho de amar a quien nos plazca, de la manera que nos plazca, sin otra obligación que la de tomar bajo nuestra res­ponsabilidad el daño que nuestra conducta haya aportado a la existencia del prójimo”.

(Jean Marestan)

BIGAMIA

Figura jurídica que describe el estado civil de una persona casada por segunda vez mientras vive el primer cónyuge. Pue­de llegar a usarse en lenguaje coloquial para designar la condi­ción de quien ha constituido dos parejas o familias, con o sin casamiento formal. En muchos casos, cuando se habla de poli­gamia o se rotula a alguien como “polígamo” en realidad se está observando que tiene una relación sexual/afectiva con dos personas.

LIBERTAD

“La libertad en el amor implica que quienes la practiquen posean una educación sexual amplia y práctica. Por libertad de amar, por amor libre, por amor en libertad y por libertad sexual, entiendo la entera posibilidad que tiene un ser de amar a otro o a varios simultáneamente (sincrónicamente), según lo empuje o lo incite su determinismo particular, sin atención nin­guna a las leyes dictadas por los gobiernos en materia de inclinaciones, a las costumbres recibidas o aceptadas como código moral por las sociedades humanas actuales. Para mí, la liber­tad del amor se concibe por encima del bien y del mal conven­cionales”.

(Emile Armand)

MATRIMONIO COLECTIVO

Un matrimonio que involucra a más de dos. Aunque no está reconocido por la mayoría de los sistemas legales y religio­sos de Occidente, aquellos que propugnan este modelo suelen realizar acuerdos que hacen funcionar la relación colectiva en forma semejante a los contratos legales del matrimonio bipersonal. El grupo vive en común, comparte una economía familiar, el cuidado de los niños y las responsabilidades domés­ticas. La forma más habitual es la tríada entre dos mujeres y un hombre o entre dos hombres y una mujer, aunque pueden exis­tir grupos más numerosos. Se diferencia de la poligamia tradicional por cierto énfasis en la paridad de varones y mujeres, por la ausencia de un referente central despótico (por ejemplo, el patriarca) y por el derecho de cada uno a retirarse de la unión libremente cuando así lo desee.

MONOGAMIA

En el mejor de los casos, una relación bipersonal basada en un acuerdo explícito de sus miembros de no involucrarse sexual/ afectivamente con otros. En el peor, una institución cerrada formalmente a relaciones externas pero en la cual uno de sus miembros (históricamente el varón) quiebra ocasionalmente las reglas que impone en forma rígida (e hipócrita) al otro miem­bro. Puede desarrollarse mediante una aceptación tácita de cier­ta “doble moral” (se condena verbalmente la infidelidad al tiem­po que se realizan prácticas adúlteras reiteradas) o finalizar cuando la ruptura de las reglas llega a un grado inaceptable (se descubre la “traición”); en este último caso, uno o los dos miem­bros de la relación podrán formar luego nuevas uniones monogámicas con otros. La mayoría de los sujetos en la socie­dad contemporánea vive en un estado de monogamia secuencial, que implica varias uniones y rupturas de corazón a lo largo de una sola vida.

ORGÍA

Fusión ilimitada de cuerpos que se pierden unos en otros, en un espacio y tiempo excepcionales, donde se trasgreden las prohibiciones y normas habituales del orden social y familiar. Puede incluir la alteración de las reglas del coito habi­tual entre órganos genitales para abrirse al contacto e inter­cambio polimorfo de fluidos entre cuerpos. Ésta sería la acep­ción más estricta, pero también se la ha asociado con ceremo­nias o ritos arcaicos para asegurar la fecundidad de los cam­pos en sociedades agrarias. Esta última interpretación fue cues­tionada por Georges Bataille, para quien la orgía organiza un desorden de tipo sagrado, que no toma en cuenta las conse­cuencias sobre el mundo del trabajo. El término en sí tuvo diversas atribuciones de sentido según las épocas, llegando incluso a representar un tipo de fiesta con altos grados de ebriedad y descontrol, sin carácter sexual explícito. En las últimas décadas del siglo XX, términos como “cama redon­da”, party o simplemente “fiesta” fueron utilizados como sinónimos por distintos grupos, al mismo tiempo que el carác­ter orgiástico pudo resultar empobrecido o extremadamente limitado por pautas para regular el deseo en los encuentros colectivos (por ejemplo, prohibir o evitar caricias y otros con­tactos entre machos, como ocurre en la escena clásica de la pornografía heterosexual).

PAREJA ABIERTA

Noción de cierta circulación mediática durante las décadas de 1960/70. Puede considerarse que una pareja es “abierta” si existe acuerdo entre sus miembros de que es aceptable involucrarse sexual y/o afectivamente con alguien aparte de esa relación. Suelen negociarse normas específicas según las necesidades de cada pareja, o al menos de uno de sus miem­bros. Por ejemplo, alguien puede requerir notificación previa de cualquier relación exterior que establezca su compañero/a. O puede pedir “no me digas nada”; es decir, aceptar las rela­ciones exteriores pero rehusar todo intercambio de informa­ción en torno de ellas (“ojos que no ven, corazón que no sien­te”). O puede negociarse que alguien se involucre sexual y/o afectivamente con otro/a fuera de la pareja sólo cuando estén todos presentes (“lo hacemos todos juntos o nada”), como los swingers. Algunos tendrán reglas estableciendo poder de veto sobre nuevos amantes (jerarquizando al o a los amantes más antiguos); otros acordarán cuánto tiempo puede pasar cada uno con sus amantes (noches enteras o parciales, fines de se­mana, etc.). Estas y otras restricciones sobre la relación, aun­que necesarias para el mantenimiento del orden afectivo, redu­cen el alcance del carácter libertario que puede sugerir el epíte­to “abierto”.

POLIANDRIA

La posibilidad de tener varios maridos. Proviene de la botánica, como condición de la flor que tiene muchos es­tambres.

POLIFIDELIDAD


Pauta normativa para una relación cerrada que involucra a más de dos personas. Por ejemplo, un grupo de cuatro limita la relación sexual/afectiva para que ocurra sólo entre ellos (son “fieles” al grupo). Como concepto, se hizo célebre durante 1970/ 1980 gracias a la comuna Kerista, de San Francisco, que con­sistió en varias viviendas grupales que seguían este modelo. Se la asocia con el neologismo inglés poliamory, que refiere a la posibilidad de tener muchos amores y que puede ser definido como la filosofía y la práctica de amar a más de una persona a la vez.

POLIGINIA

La posibilidad de tener varias esposas, según la acepción botánica que define así a la flor con muchos pistilos (hembras).

POLIGAMIA

La posibilidad o el derecho de casarse, unirse, convivir o asociarse sexual/afectivamente con un número indefinido de personas. Históricamente ha sido asociada con el derecho mas­culino excluyente de poseer varias mujeres (ver poliginia) y con la dominación patriarcal. Sin embargo, se ha extendido su acep­ción al régimen de relaciones en el que una mujer está vincula­da con dos o más varones (poliandria) o con dos o más muje­res, así como a la situación en la que el varón está vinculado con dos o más varones: la práctica no se encuentra hoy del todo limitada por definiciones de género.

PROMISCUO/A

Se dice del sujeto que mantiene relaciones sexuales con va­rios. Con frecuencia de carácter denigratorio, el epíteto está asociado con una mezcla confusa e indiferente. La promiscui­dad en el sentido de múltiple convivencia con personas de dis­tinto sexo se origina probablemente en la trasgresión a la anti­gua regla católica de mezclar carne y pescado en una misma comida durante los días de cuaresma y otros períodos: promiscuar sería mezclarse y participar en cosas heterogéneas u opuestas.

PRIMARIA O PRINCIPAL, RELACIÓN

Una relación primaria o principal es aquella considerada la más importante para uno/a y por lo general supone cierto gra­do alto de compromiso. Se la ha llamado también relación cen­tral (Cooper) en oposición a las relaciones periféricas, laterales o secundarias cuyo grado de compromiso es menor que el que existe con la relación principal. Nótese que alguien puede man­tener relaciones centrales con más de una persona a la vez, así como cada una de éstas podría tener varias relaciones periféricas al mismo tiempo. Todos podemos ser centro y periferia.

SWINGERS


Minoría que disfruta de relaciones sexuales ocasionales en­tre amigos, conocidos y desconocidos. El rótulo tiene su origen en la clase media norteamericana de los años 1940, acaso ex­traído de un juego de intercambio de cónyuges entre marines en bases del Pacífico Sur. Su origen social y cultural condicionó el desarrollo de esta práctica de carácter orgiástico limitado. Suele ser iniciada por parejas heterosexuales que promueven encuentros eróticos colectivos en bares, discotecas y casas par­ticulares, o bien se conocen mediante avisos personales o en eventos programados por redes sociales. Algunas sólo tienen relaciones con otras parejas, otras forman tríos, aun otras invi­tan a un cuarto hombre para la mujer, o a una cuarta mujer para el varón, etc. Por lo general, desalientan el contacto sexual entre varones y toleran o estimulan una bisexualidad controla­da entre mujeres. También hay parejas gays que disfrutan asis­tiendo a bares, discotecas, baños o cines para tener relaciones con desconocidos, pero la etiqueta de swinger quedó sobre todo asociada con una práctica de base heterosexual. Dado que el encuentro erótico tiene un carácter recreativo e intermitente, el discurso anarquista del amor libre, con todas sus connotacio­nes de compromiso, afectividad y contención en el tiempo, puede encontrarse como retórica con escasa o limitada influen­cia dentro de estos grupos.

El Amor Libre: Eros y Anarquía x Osvaldo Baigorría (comp).

Compilación en Formato PDF. Textos Emile Armand, Malatesta, Crimeth. Inc, el dandi uruguayo Roberto de las Carreras, Maria Lacerda Da Moura, America Scarfo, Bakunin y otrxs mas !

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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Documental: Iboga: Los hombre de la madera

La iboga es una planta curativa ceremonial ulitizada en Gabón, Africa. En ciertos aspectos es relacionada a las funciones y efectos que tendrían plantas americanas como la ayahuasca, los hongos mágicos o el peyote y por eso suele ser vista como una sustancia psicodélica. Aquí un buen documental sobre su uso y sus contextos culturales.


martes, 8 de octubre de 2013

Religión anarquista x Peter Lamborn Wilson

A menudo se dice que nosotros los anarquistas "creemos que los humanos son buenos por naturaleza" (como la planta china Mencius). Algunos de nosotros, sin embargo, dudamos de la nocion de la bondad inherente y rechazamos el poder de otra gente sobre nosotros precisamente porque no confiamos en los bastardos.

Parece insensato generalizar sobre las "creencias" anarquistas ya que algunos de nosotros somos ateos o agnósticos, mientras que otros incluso pueden ser católicos. Por supuesto, a unos cuantos anarquistas les encanta dejarse llevar por el falso, desagradable y sin sentido ejercicio de excomulgar la variedad de fés entre sus camaradas.

Esta tendencia de grupúsculos antiautoritarios de denunciarse y excluirse unos a los otros, sin embargo, siempre me ha parecido más como una especie de cripto-autoritarismo. Siempre me ha gustado la idea de un anarquismo plomado lo suficientemente grande para cubrir casi todas las variantes del dogma en una especie de acéfalo pero no rígido "frente unido" (o "unión de egoístas" como señala Stirner). Este paragüas tiene que ser lo suficientemente amplio para cubrir a los "anarquistas espirituales" tanto como a los más inflexibles materialistas.

Nietzsche, famoso por basar su causa en la "nada" – Pero acabó dando a entender una especie de religión sin moral ni dios ("Zaratrusta", "Empoderamiento", "eterno returno", etc) En su última "Cartas Locas" desde Turin, él parece autoproclamarse (anti-) mesías de esta fé bajo la firma de "Dionisos el Crucificado".
Resulta que incluso el axioma "nada" requiere de un elemento de fé, y podría llevarnos hacia una especie de experiencia espiritual o mística: el autodenominado hereje está simplemente proponiendo una creencia diferente. "La Muerte de Dios" es misteriosamente seguida por el renacimiento de "los dioses" – Las deidades paganas del politeísmo. Así pues, Nietzsche propone la repaganización del monoteísmo cuando habla como Cristo-Dionisio – un proyecto lanzado primero en el Renacimiento por herejes y neopaganos como Gemisto Plethon y Giordano Bruno—Este último que fue quemado en el Vaticano en 1600.

Esta misma tarea – la repaganización del monoteísmo – fue llevada a cabo brillantemente por los esclavos africanos que crearon la Santería, el Vudú, el Candomblé, y muchas otras religiones en las que los Santos Cristianos son identificados o sincretizados con deidades paganas. Chango "es" Santa Bárbara, por ejemplo; Oggun, el dios de la guerra es el Arcángel Miguel, y podría ser considerado como Marte, el rey romano de la guerra también. (Vease M.A. DeLaTorre, Santería)

Los santos son "máscaras" de los espírituos de los oprimidos – pero no son meros disfraces. Muchos santeristas son a la vez católicos y paganos al mismo tiempo – ¡lo que naturalmente enloquece a la Iglesia!

Como mi amigo antropólogo Jim Wafer dijo en The Taste of Blood, estas fés del Nuevo Mundo no son exactamente "opio para el pueblo" (incluso en la curiosamente positiva y y ligeramente anhelante manera en la que Marx usó esta frase), sino que son areas de resitencia contra el poder maligno. En estas religiones Dionisio puede, de hecho, ser Jesús – u Obbatala Ayagguna – en un delirio deliberado de panteísmo donde nada depende de meras creencias porque la posesión real por trance por los "santos" (Orishas, Loas) permite que todo el mundo presente vean, toquen e incluso "sean" dioses ellos mismos.
(Wafer fue una vez invitado a beber en un bar en Recife por un extraño que resultó "ser" una deidad menor amante del ron.) Además – otro concepto nietzscheano – estos cultos valoran la magia por encima de la moralidad – y creen en dioses que pueden ser ladrones, brujas, queers, jugadores,etc.

Oscar Wilde fue el primero en darse cuenta del profundo parecido entre el anarquismo y el taoismo que estructuralmente es una diversidad acéfala de sectas (paganas) politeístas, con una tendencia hacia la heterodoxia y valores sociales no autoritarios.

Obviamente muchas formas de taoísmo – o cualquier sistema pagano – han sido en realidad cómplices del Estado; podríamos llamarlos Ortodoxos, y en este sentido predecesores del monoteísmo. Pero el espíritu pagano siempre incluye un elemento anárquico también – una resistencia paleolítica hacia el Estado/Iglesia y sus jerarquías. El paganismo simplemente crea nuevos cultos, o retoma algunos antiguos, cultos que son y deben ser heréticos con el consenso que rige. (Así pues, el paganismo de la antigua Europa "sobrevivió" como brujería medieval, y así sucesivamente.)

En la Roma clásica, los cultos mistéricos helenísticos orientales, sincretismos mágicos de los griegos, egipcios, babilonios e incluso los rituales y el panteón indio, amenazaron el orden imperial y tradicional. Uno de estos cultos, la herejía judía, triunfó en realidad en derrocar el paganismo clásico.

Sospecho que una dialéctica similar puede funcionar en los EEUU del siglo 21 con su complejo de Imperio, su 60% de ciudadanía que va a la iglesia, su electrónico "pan y circo" , su consciencia basada en el dinero, etc.

Una masa de cultos mistéricos orientales y New Age continúan proliferando y transformandose en nuevas formas, dando lugar a una especie de heterodoxia popular o una diversidad de sectas paganas, algunas de ellas inherentemente peligrosas para la autoridad central y la tecnopathocracia capitalista. De hecho, varias secciones del anarquismo espiritual podrían ser mencionadas aquí como parte del espectro.

Estoy proponiendo que los cultos fascistas y fundamentalistas no deben ser confundidos con las tendencias espirituales antiautoritarias representandas por el auténtico neochamanismo, espiritualidad psicodélica o enteogénica, la religión Americana de la Naturaleza de acuerdo con anarquistas como Thoreau, compartiendo muchos intereses y mitos con el Anarquismo verde, el primitivismo, tribalismo, la resistencia ecológica, actitudes nativo americanas hacia la naturaleza... incluso con el festivalismo Rainbow and Burning Man.

Aquí en Catskills, hemos tenido todo desde Krishnamurti al Dalai Lama, Hasidismo al comunismo, budismo, agricultura postindustrial y slow food, comunas hippies de los 60 – Tim Leary-swami sobre pandit, wicca sobre druidismo – sufíes y yoguis – un paisaje maduro para el sincretismo y universalismo espiritual, preparado para convertirse en una mezcla de enthusiasmos para la revolución verde, si solo una chispa encendiera una antorcha --- o lo que uno pudiera soñar.


En el contexto de la creencia estoy visualizando que situaría la noción de Walter Benjamin de la Iluminación Profana. ¿Cómo, él pregunta, puede la experiencia espiritual ser garantizada guera del contexto de la "religión" o incluso de la "creencia"?

Parte marxista, parte anarquista, parte kabalista, el siguió la misión del antiguo romanticismo alemán de repaganizar el monoteísmo "sea como sea," incluyendo herejía, magia, poesía, hachís... La religión ha robado y suprimido el "sacramenteo eficaz" de los antiguos chamanes, magos y mujeres sabias – y la revolución debe restaurarlo.

Recientemente, la idea de un romanticismo histórico e incluso ocultismo de izquierdas ha ganado aceptación y no necesita más ser defendida. La estatua de Bruno en el "Flowery Field" donde él murió recuerda un icono para los librepensadores y rebeldes de Roma, quienes lo mantienen cubierto de flores rojas. El alquimista Parecelso se sitúo con los campesinos en el levantamiento en contra de la nobleza luterana

Una lectura emersoniana del romanticismo alemán (especialmente Novalis) podría interprestar sus "primeros pensamientos; mejores pensamientos" como una semilla y fruta de la revolución. William Blake es una institución herética por él mismo. El ala izquierdista del romanticismo francés (y ocultismo) dan nacimiento a Charles Fourier, a Nerval y a Rimbaud. Esta profunda tradición de la "revolución romántica" debería ser añadidad a la consideración de cualquier posible espiritualidad anarquista.

Los místicos claman que la "creencia" es un engaño; solo la experiencia garantiza certeza, mientras que la mera fé no se requiere más. Ellos podrían incluso llegar a defender la (auto)liberación mística o espiritual ante la opresión de la religión organizada. Blake instó a todo el mundo a conseguir su propio sistema y no ser un esclavo de alguien más – especialmente de la Iglesia. Y, G. De Nerval, quién tenía una langosta como mascota llamada Thibault que se llevaba de paseo por los jardines del Palacio Real de París con una correa de tela azúl, siendo acusado de no perfenecer a ninguna religión, él dijo, "¿Cómo? ¿yo, no tengo religión?, ¿Por qué? ¡Yo tuve al menos diecisierte de ellas!

En conclusión: cualquier sistema liberatorio de creencias, incluso los más libertarios (o libertinos), pueden ser girados 180 grados hacia un dogma rígido – incluso el anarquismo (tal y como se había presenciado en el caso del último Murray Bookchin). Al contrario, incluso dentro de las religiones más religiosas el deseo natural humano de libertad puede esculpir espacios secretos de resistencia (como se vio en Los Hermanos del Libre Espíritu, o ciertas sectas derviches)

Las definiciones parecen menos importantes en este proceso que en el cultivo de lo que Keats llamó "capacidad negativa", que aquí podría ser glosada como la habilidad de surfear la ola de la liberación no importa el aspecto externo que pueda tener.

En los años 50, podría haber sido "Beat Zen" (que desgraciadamente parece haber desaparecido); hoy podría ser el neo-paganismo o el hermeticismo verde. Justo como el anarquismo hoy día necesita superar y repeler su histórica adoración del "progreso", así que, también, pienso que podría beneficiar el relajarse del ateísmo del siglo 19 y reconsiderar la posibilidad (oximorónica como podría ser) de una "religión anarquista)

[Nota: In memoriam Franklin Rosemont, yo debería añadir que el tipo de anarquismo hermético propuesto aquí caracteriza el último Breton, y el último surrealismo en general. También me gustaria invocar el gran libro del poeta árabe Adonis Sufism & Surrealism. Y, recomiendo la edición de Harvard de W. Benjamin On Hashish. Algunas veces está bien quitarse de encima esa antigua locura deliberada de los sentidos... Algunas veces el opio del pueblo es... opio.]

— Peter Lamborn Wilson
Día de San Nicolás 2009

martes, 28 de mayo de 2013

Documental Simplicidad voluntaria y Decrecimiento

Simplicidad Voluntaria y Decrecimiento (documental) from Décroissance on Vimeo.

Documental francés (1h) de Jean-Claude DECOURT sobre la Simplicidad Voluntaria y el Decrecimiento.
Con las intervenciones de... Jean-Claude Besson-Girard, Sabine Rabourdin, Suzan George, José Bové, Alain Dufranc, Paul Ariès, Raoul Jennar, François Schneider, Jérome Medeville, Michel Jarru, Martin Leers, Vincent Cheynet, Didier Laurencin, Serge Latouche, la Cie du 4 de Toulouse...